miércoles, 28 de noviembre de 2012

Nunca supiste cuándo detenerte. Pasaste de ser el más orgulloso al más patético en segundos, nunca supiste dónde estaba el equilibrio entre el amor que debías entregar y el que debías guardar para ti. Tal vez no naciste para amar y mucho menos para ser amado, cualquiera de las dos cosas era capaz de desequilibrar tu organismo hasta el colapso. Hasta que terminaras en el suelo temblando, adolorido, llorando, siempre siendo un estúpido dramático, como cualquier individuo necesitado de atención. Solo que tú nunca la obtuviste… lo único que lograste fue alejarlos de tu lado.

Antes te creí fuerte, seguro de ti mismo, el tipo de persona que me gustaría llegar a ser. Ahora es cuando puedo visualizar el desastre de tu cabeza, la constante lucha entre lo que eres y lo que quieres ser, lo duro que fuiste contigo mismo para intentar llevarte bien con los demás ¡Bendito idiota! ¡A nadie le importó un carajo! Debiste seguir siendo el pedante que simulabas ser, hubieras sobrevivido. Debiste dejar de querer ser perfecto por ella, mientras cambiabas cosas había gente que te apreciaba sin que hicieras ningún esfuerzo. Debiste fijarte en quiénes estábamos a tu lado y darte cuenta que los males son pasajeros pero los lazos quedan. Debiste saber que hay vínculos que no vale la pena formar, que si no eres tú mismo es mejor dejar de intentar.

Hay gente que nace para estar con otra, para amar con facilidad, para compartir toda su vida… Hay gente como tú, que lo pierde todo al querer seguir el mismo camino que ellos. Como tú, que te fuiste de aquí sin poder conseguir nada, que no la hiciste feliz y solo lograste hacerte más desdichado.

martes, 6 de noviembre de 2012

Apariciones

 

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Parecía que la puerta de la calle se había quedado abierta otra vez, sin sentir que ninguna llave entrara en la cerradura un portazo interrumpió mi profundo sueño. Me sobresalté. No era la primera vez que pasaba esa semana, se estaba volviendo un evento recurrente y no hacía más que ponerme la piel de gallina. Mantuve los ojos abiertos y esperé en silencio por aquella aparición.

Un aire helado se coló por la ventana, me hizo daño al entrar por la nariz y se atrevió a recorrer mi espina en forma de escalofrío. Temblé. Sabía lo que venía y no podía hacer nada para evitarlo.

Las luces parecieron titilar bajo la ranura de mi puerta, pero mi miedo era más grande que mi percepción y probablemente se estuviera alimentando de lo que encontrara para crecer aún más. Quería gritar. Quería correr. Estaba completamente paralizada aferrándome a las sábanas, como si pudieran salvarme de lo inevitable, como si justo ésa noche lograra existir algún tipo de divinidad que escuchara mis plegarias y se apiadara de mi destino. Pero no, una parte de mi mente ya había comprendido que no existe un dios, y si lo había no era piadoso ni bueno. Era una niña, pero no por eso estúpida. Tenía más que claro que la justicia no había sido hecha para existir en este mundo, para aplicarse a mí. Y es que por mucho terror que sintiera no podía dejar de sentir que era injusto, sabía que no lo merecía, nunca había herido a alguien, nunca había deseado el mal ¿Entonces, cuál era mi crimen?

Los escalones comenzaron a crujir. Estaba perdida. El sudor frío cubrió mi cuerpo en cosa de segundos y se mezcló con la única lágrima que escapó de mis ojos, todo mi cuerpo dolía, todo mi ser hubiese deseado desaparecer en ese instante ¿Por qué no simplemente moría? Un paso tras otro, cada vez más cerca ¡Por favor, déjame despertar! Dime que no es real…

La perilla de mi puerta giró. Primero la luz irrumpió en mi cuarto como una línea y luego logró expandirse hasta iluminar mi rostro, pálido por el miedo, húmedo por el sudor. Eso era todo, sabía que una vez que me viera ya no habría vuelta atrás, me sometería a su ira y no se cansaría de mi sufrimiento hasta haber apagado el suyo.

Cerré los ojos en un intento desesperado de que todo se desvaneciese cuando los abriera, pero no fue así, nunca lo fue.

- Papá…

Murmuré casi sin despegar los labios. Era una súplica, era mi voz quebrada por el dolor, pero él jamás lo hubiese notado, jamás se hubiese detenido.