sábado, 25 de agosto de 2012
La Caída
Intentaba girarse pensando que su suerte cambiaría en el momento en el que encontrara una posición cómoda, pero parecía no encontrar nada que potenciara sus esperanzas. Se sentía cansada. Yo, por mi parte, sabía que se trataba de un alma muy vieja, de esas que llevan años dando vueltas por la tierra y que pocas veces aprenden sus lecciones, y mientras no aprendiera no lograría aliviar.
Quería terminar con todo de una vez por todas pero no era lo suficientemente fuerte para levantarse y menos aún para lanzarse al vacío. Sé que es la mayor problemática de la gente, pero era la primera persona que veía así sin que realmente hubiese sido golpeada por una tragedia, al menos una de la que estuviera consciente ¿Qué estaba haciendo con su vida? Llevaba años completos intentando ser mejor, buscando el bien para otros y maldiciendo su condición humana por no permitirle alcanzar la perfección. ¡Si tan solo recordara que alguna vez fue algo más de lo que era en ese instante! Tal vez solo lloraría por haberlo arruinado, como había arruinado todo a lo largo de sus muchas oportunidades. Llevaba noches enteras sin dormir, ahogada por los problemas de sus cercanos como si fueran propios. Llevaba siglos encerrada en la cárcel que ella misma había fabricado para su alma, dejando que el único tipo de alimento que recibiera fuera el de la satisfacción de sacrificarse por alguien. Pasaban los años y aún no comprendía que ése no era el objetivo para el que había sido creada. No debí sufrir para que otros no lo hicieran. La idea nunca fue el sacrificio.
Y nadie jamás la entendería, porque probablemente no existiera perfeccionista tan imperfecto, porque posiblemente todos comprendieran que no debían meterse en los problemas del resto. Porque quizás el resto de los mortales conservara un poco de lo que les fue entregado cuando se abrió la caja, egoísmo. Sé que ella no alcanzó la repartición y de seguro Él también lo sabía, pero sumida en aquel asqueroso mundo debería haber aprendido que lo necesitaba para sobrevivir.
Siempre había sido una tonta, ni siquiera había sido capaz de ver que solo ella era la que sufría y que absolutamente nadie salía beneficiado. Pero ¿Es tan fácil salir de un papel cuando lo has jugado por tantos siglos? ¿Es tan fácil librarte de tus ataduras y aprender a ser libre? Si fuese así los animales en cautiverio serían puestos de nuevo en la jungla, si fuese así ella hubiera recuperado sus alas hace varios años.
Solo le quedaba seguir llorando, seguir buscando aquella posición que le causara menos dolor. Irse desprendiendo de a poco de algunas de las muchas ataduras que le traía su complejo de mártir y quizás así pudiera llegar el momento en el que el sangrado interno realmente se detuviera. Aún así, nadie se arriesgaría a intentar asegurarlo, con ella todo era impredecible.
No valía la pena intentar recordarle su antigua naturaleza, ni explicarle el verdadero motivo por el que le dolía la espalda, justo en el lugar en el que se las había arrancado. Me partía el alma seguir viendo como sufría su castigo, pero sufriría aún más si descubría que jamás podría ser algo más. De seguro encontraría el valor de lanzarse al vacío si supiera que todo lo que había perdido jamás lo recuperaría. Debió saber que la amaba, que su irresponsabilidad no solo la azotaría de vuelta, sino que también me condenaría a mí por siempre. Debió saber que no podría dejar de mirarla y de sentirme impotente por no poder ayudarla. Siempre creyó que haría más bien siendo uno de ellos que vigilándolos como nosotros.
Volví a mirarla. Ella, por su parte, seguía mojando su almohada e intentando conciliar el sueño. Pensaba, entre medio de su orgullo y su perfeccionismo, que era momento de buscar ayuda. Lo que realmente me rompió el corazón, ya que por mucho que gritara nadie la socorrería… Las paredes que había construido eran demasiado grandes para que cualquiera las pudiese atravesar, cualquiera que no fuese yo… Yo, él que no podía hacer más que susurrarle palabras de aliento al oído que no podía escuchar. Yo, él que la odiaba profundamente por haber sellado nuestros destinos de aquella forma.
lunes, 13 de agosto de 2012
No es real
Deseé con todas mis fuerzas que se terminara de disculpar. No podía soportar que estuviese así frente a mí ni un segundo más, jamás me gustó hacer a los hombres llorar y eso era principalmente lo que me había dado mi mala reputación. Lo miraba de reojo, para no tener que hacer mía su pena, para que no pudiese descubrir lo que pasaba por mi mente en esos momentos, ni mucho menos en mi corazón.
Suspiré, todas las palabras que iba pronunciando parecían acumularse una a una en mi garganta, como si yo me estuviese conteniendo para responder a cada una de ellas. Desafortunadamente aquella veloz fuga de aire no ayudó a alivianar mi carga, porque poco a poco más frases salían de su boca ¿Acaso estaba suplicando? Eso definitivamente no era bueno, si algo me había enseñado mi madre era a no rogarle que se quede al que se quiere ir, sobre todo si le has dado motivos para partir.
Era en momentos como ese cuando mi fe en la humanidad comenzaba a desvanecerse, cuando no sabía si creer la puesta en escena que habían preparado para mí o gritar su falsedad con todo el poder de mis pulmones. Cerré los ojos con fuerza, me ardían y los sentía hinchados. Al parecer mi cuerpo estaba decidido a traicionarme por completo, pero no podía permitir que me expusiera de esa forma, al menos no con él. Me acomodé en el asiento y me mantuve rígida, inescrutable, intentando hacer de mi piel una armadura impenetrable.
-Cállate, sólo cállate.
Mi boca se abrió sin darme cuenta y en unos segundos todas mis defensas se habían desvanecido, mi cara se contrajo para hacer una mueca de dolor mientras que contra mi voluntad la primera lágrima resbalaba por mi mejilla. Quemaba como si fuera ácido y mis ojos dolían por el esfuerzo de evitarlas ¿Cómo no podía entender que simplemente no le quería? No era cuestión de crueldad o malicia, no se trataba de cambiar algo que estaba mal, era un hecho que debía aceptar. No sentía ¿Era realmente tan difícil?
-No digas nada, debes dejar de humillarte. Sabes que no vale la pena.
Y jamás la hubiera valido, debía saber que si me quedaba sólo sería por pena y que no conseguiría más que terminar con las pocas piezas completas que le quedaban. No lo merecía, yo no lo merecía a él. Me limpié las dos lágrimas que habían vencido mis esfuerzos y me incliné para besar su mejilla. Sabía que estaría mejor sin mí y yo… Yo probablemente encontraría a alguien más a quien destruir, a alguien que creería amar solo hasta el momento en que necesitase verlo ir.
Pero él no quería dejarme, tomó mi mano y me apegó a su cuerpo con brusquedad, quedé atrapada en su pecho y aprisionada por sus brazos. Seguía diciéndome cosas al oído y sollozando entre oraciones y yo ya no podía soportarlo ni un segundo más. Tenía que gritarle que todo lo que decía sobre amor era mentira, que era y será imposible amarme, que un sentimiento tan fuerte no puede ser más que una ilusión. No podía tomar en serio sus palabras aún cuando llorara al pronunciarlas, todos saben que el amor no existe y él no tenía derecho a mentirme de esa manera solo porque lo estaba dejando. Lo empujé con todas mis fuerzas y le azoté en la cara con la palma de mi mano, tan fuerte que el estruendo hizo apagar sus sollozos.
-¡Deja de ser tan patético! No hay nada que puedas hacer para cambiar esto ¡Crece de una vez! ¡Dos personas nunca se quieren de la misma manera, no existe el amor, y nadie está destinado a ser feliz!
Eso era todo, no quería dejarlo azotarse con la realidad, pero no podía hacer más que ayudarlo y abrirle los ojos para que dejara de decir tanta estupidez. Una lágrima bajó de mi ojo derecho y llegó a mis labios, la sequé. Entonces corrí fuera de su alcance, corrí hasta que ya no pude más, corrí hasta que estaba a salvo para llorar. Era un cruel, frío y doloroso mundo, pero era momento de que pudiera enfrentarlo tal cual como yo lo estaba haciendo, que dejara de creer que un sentimiento podía cambiar la vida y que comprendiera que jamás dejaría de estar solo.