martes, 4 de diciembre de 2012

Al Final

 

Es gracioso cómo cuando más quieres hacer las cosas bien terminas tirando todo al barro y ensuciando lo más importante. Debe ser la estúpida naturaleza mortal.

Es curioso cómo no te das cuenta de tus acciones hasta que ya es demasiado tarde.

Sobre todo me llama la atención el cómo todo el mundo cree que puede arreglar las cosas con solo jurar que sus intenciones no eran malas ¿Acaso eso quita el daño? No.

Al final del día a nadie le importa si tus motivos eran de buen corazón o si realmente querías hacer el mal, al final del día lo único que importa es que no hiciste lo correcto.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Nunca supiste cuándo detenerte. Pasaste de ser el más orgulloso al más patético en segundos, nunca supiste dónde estaba el equilibrio entre el amor que debías entregar y el que debías guardar para ti. Tal vez no naciste para amar y mucho menos para ser amado, cualquiera de las dos cosas era capaz de desequilibrar tu organismo hasta el colapso. Hasta que terminaras en el suelo temblando, adolorido, llorando, siempre siendo un estúpido dramático, como cualquier individuo necesitado de atención. Solo que tú nunca la obtuviste… lo único que lograste fue alejarlos de tu lado.

Antes te creí fuerte, seguro de ti mismo, el tipo de persona que me gustaría llegar a ser. Ahora es cuando puedo visualizar el desastre de tu cabeza, la constante lucha entre lo que eres y lo que quieres ser, lo duro que fuiste contigo mismo para intentar llevarte bien con los demás ¡Bendito idiota! ¡A nadie le importó un carajo! Debiste seguir siendo el pedante que simulabas ser, hubieras sobrevivido. Debiste dejar de querer ser perfecto por ella, mientras cambiabas cosas había gente que te apreciaba sin que hicieras ningún esfuerzo. Debiste fijarte en quiénes estábamos a tu lado y darte cuenta que los males son pasajeros pero los lazos quedan. Debiste saber que hay vínculos que no vale la pena formar, que si no eres tú mismo es mejor dejar de intentar.

Hay gente que nace para estar con otra, para amar con facilidad, para compartir toda su vida… Hay gente como tú, que lo pierde todo al querer seguir el mismo camino que ellos. Como tú, que te fuiste de aquí sin poder conseguir nada, que no la hiciste feliz y solo lograste hacerte más desdichado.

martes, 6 de noviembre de 2012

Apariciones

 

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Parecía que la puerta de la calle se había quedado abierta otra vez, sin sentir que ninguna llave entrara en la cerradura un portazo interrumpió mi profundo sueño. Me sobresalté. No era la primera vez que pasaba esa semana, se estaba volviendo un evento recurrente y no hacía más que ponerme la piel de gallina. Mantuve los ojos abiertos y esperé en silencio por aquella aparición.

Un aire helado se coló por la ventana, me hizo daño al entrar por la nariz y se atrevió a recorrer mi espina en forma de escalofrío. Temblé. Sabía lo que venía y no podía hacer nada para evitarlo.

Las luces parecieron titilar bajo la ranura de mi puerta, pero mi miedo era más grande que mi percepción y probablemente se estuviera alimentando de lo que encontrara para crecer aún más. Quería gritar. Quería correr. Estaba completamente paralizada aferrándome a las sábanas, como si pudieran salvarme de lo inevitable, como si justo ésa noche lograra existir algún tipo de divinidad que escuchara mis plegarias y se apiadara de mi destino. Pero no, una parte de mi mente ya había comprendido que no existe un dios, y si lo había no era piadoso ni bueno. Era una niña, pero no por eso estúpida. Tenía más que claro que la justicia no había sido hecha para existir en este mundo, para aplicarse a mí. Y es que por mucho terror que sintiera no podía dejar de sentir que era injusto, sabía que no lo merecía, nunca había herido a alguien, nunca había deseado el mal ¿Entonces, cuál era mi crimen?

Los escalones comenzaron a crujir. Estaba perdida. El sudor frío cubrió mi cuerpo en cosa de segundos y se mezcló con la única lágrima que escapó de mis ojos, todo mi cuerpo dolía, todo mi ser hubiese deseado desaparecer en ese instante ¿Por qué no simplemente moría? Un paso tras otro, cada vez más cerca ¡Por favor, déjame despertar! Dime que no es real…

La perilla de mi puerta giró. Primero la luz irrumpió en mi cuarto como una línea y luego logró expandirse hasta iluminar mi rostro, pálido por el miedo, húmedo por el sudor. Eso era todo, sabía que una vez que me viera ya no habría vuelta atrás, me sometería a su ira y no se cansaría de mi sufrimiento hasta haber apagado el suyo.

Cerré los ojos en un intento desesperado de que todo se desvaneciese cuando los abriera, pero no fue así, nunca lo fue.

- Papá…

Murmuré casi sin despegar los labios. Era una súplica, era mi voz quebrada por el dolor, pero él jamás lo hubiese notado, jamás se hubiese detenido.

jueves, 25 de octubre de 2012

¿Aferrarte o Dejar Ir?

 

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Levanté mi brazo y apoyé mi mano sobre su hombro. Tenía miedo de que se marchara en ese momento y aún así no pude hacer nada más que sujetarla débilmente. No era una demanda, era una súplica. Al contacto de mi piel con su ropa se detuvo, parecía dudar en darse vuelta y mirarme a la cara otra vez, hacía unos segundos había asegurado que no lo volvería a hacer y siempre había sido orgullosa para sus decisiones. Quizás por eso una parte de mí estaba segura de que ya había perdido.

- Por eso no quería soltarte… Sabía que apenas lo hiciera te irías.

Las palabras salieron a tropezones de mi boca, mi mente era un desastre, solo quería rendirme, dejarla ir y sentirme morir. No lo sé, todo parecía más simple que intentar quitarme de encima la sentencia de muerte, pero ya me había rendido a mi patética naturaleza y estaba casi de rodillas ante ella como el maldito cobarde que soy. No me atreví a alejar mi mano, sentí como respiraba profundo antes de contestar ¿Estaba intentando calmarse? ¿O es que mis palabras le habían causado algún tipo de dolor?

Poco a poco se giró, como si cada centímetro que viraba fuera un error que lamentaría el resto de sus días. Evitaba mirarme a los ojos por lo que no pude leer su expresión, siempre fui malo para eso, en realidad jamás supe en qué estaba pensando o sintiendo… Fácilmente todo pudo ser una mentira desde el principio, yo jamás lo hubiese notado.

- Eres un idiota, Ian. Cuando quieres a alguien no lo asfixias.

Apretó los puños y me penetró con su mirada ¿Dolor? ¿Ira? Un poco de todo. Nunca la había podido leer como en ese momento en que todas las emociones parecían estar en un punto crítico. No tenía nada que decir a mi favor así que dejé caer mi brazo esperando que ahora se fuera, pues ahora era libre de hacerlo.

- No dejaste de dudar, necesitabas saber lo que hacía y lo que pensaba a cada segundo ¿No pudiste sentirlo? ¿Nunca me creíste?... Yo…

Aguanté la respiración, quería y no quería escucharlo. Un sollozo le impidió seguir y su cara se tensionó en un intento de disimular, nunca quiso mostrar sus emociones o sentirse débil ante nadie pero las lágrimas ya habían empezado a caer y no había nada que pudiese hacer para ocultarlo. Iba a ser la última vez que pudiera oírlo, iba a ser la última vez que me lo dijera.

- Estabas demasiado ocupado dudando de mí para darte cuenta que de verdad te quise.

Pasado. En ese momento comprendí que jamás volvería a escucharlo en presente. Y eso fue todo, no había más, su voz se terminó de apagar. Se marchó y no me pude percatar de nada más… Estaba estático, destrozado. No quería llorar vidrio, no quería suplicar, sabía que ya nada iba a cambiar, sin importar lo que hiciera. Se había ido.

El eco de sus pasos me agujereó, pero las heridas no fueron tan profundas como las que dejaron sus palabras… O las que dejaron mis acciones en su corazón.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Es Tiempo de Detener la Inútil Lucha

Al final del día todos tenemos demonios que combatir y depende de la fuerza con que luches por derrotarlos lo valeroso que eres. O eso me han hecho creer todo este tiempo. Algunos días siento que todos los demonios son implantados, nadie nace con ellos, pero algunos los han logrado hacer desaparecer o simplemente han aprendido a vivir con ellos ¡Qué envidia! Ojalá los míos se transformaran en fantasmas y se desvanecieran de vez en cuando, serían menos dañinos o al menos intermitentes.

Todo sería más simple si pudiera culparte, tú me hiciste ver todo lo que estaba mal en mí, cosas que sabía y otras que jamás imaginé ¿Era así de dura conmigo antes? Ni siquiera lo puedo recordar. Ya te he culpado de muchas cosas y eso jamás me ha ayudado… Y es como si cada vez que alguien quisiera rescatarme se hundiera conmigo, como repetir la historia cientos de veces sin encontrar la forma de parar. Si ellos me perdonan ¿Por qué no puedo perdonarme yo? ¿Por qué no puedes perdonarme tú? ¿Por qué no puedo perdonarte…?

He luchado años por ser mejor persona, por pensar, por tratar de no herir, pero todo puede ser destruido en segundos de insensatez y tú me lo sacaste en cara cada vez que pudiste. Es gracioso, porque fuiste tú el que se dejó seducir por una mujer en dos ocasiones distintas mientras me jurabas amor eterno. Y yo… yo me di el lujo de jugar contigo cuando todo había terminado, cuando las cadenas habían desgarrado todo nuestro ser. Ninguno de los dos era mala persona, solo fuimos una mala combinación, sacamos lo peor del otro y fuimos despedazados tal cual herimos.

Pero ya no estás y no puedo seguir así, estancada en la persona horrible que era contigo. Bloqueando cada emoción humana y dejando salir los instintos ¿Y todo para qué? Para que al final del día ellos vengan a buscarme y hacerme sentir… Hacerme sentir como si no quedara nada en mí que valiera la pena.

Y aquí estoy yo nuevamente, abrazando mis rodillas en el frío suelo de un cuarto oscuro, donde pareciera que nadie nunca podrá llegar con un poco de luz. Donde tiemblo esperando que me agarren las manos que saldrán de debajo de mi cama, del fondo de mi armario o a través de la pequeña ventana. Aquí espero que me consuma, que el sentimiento se haga intenso y no se separe de mí… Estoy cansada de luchar, hace mucho tiempo descubrí que la pelea solo hacía más doloroso el proceso. Hace tiempo comprendí que la batalla estaba perdida y que una vez que me sumerja ya no volveré a la superficie. Hace tiempo debí dejarme arrastrar y para que nadie más que yo cayera.



domingo, 16 de septiembre de 2012

Ojalá


Ojalá te fueras.
Ojalá puedas quedarte.
Ojalá no escuchara tu voz en lo que me queda de vida.
Ojalá el sonido de tus palabras siga vibrando en mi corazón.
Ojalá tu roce saliera de mi piel.
Ojalá tu calor se quede conmigo.
Ojalá sufrieras como yo he sufrido.
Ojalá nunca sientas dolor.
Ojalá pudiera odiarte.
Ojalá nunca deje de amarte.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La Extraña Tienda de la Esquina

No creía que nada de allí pudiese llamar mi atención, la mayoría de las cosas parecía que llevasen siglos situadas en el lugar en el que estaban y el polvo a su alrededor no hacía más que reafirmar mi teoría. Cientos de libros con cubiertas duras decoraban los estantes y viejas lámparas entre baúles y extraños sillones se repartían por el piso. Di pasos recelosos, no quería estar allí y, sin embargo, no me podía ir. De pronto mi vista se enfocó en una miniatura de un gato negro con rasgos egipcios, delgado, elegante, que yacía en una mesa justo frente a mí. Me atraía, me incitaba, casi me forzaba a tomarla en mis manos y acercar mi mirada a la suya, a pesar de que nunca antes me hubiese sentido cautivada por algo de esa especie. Era amor a primera vista, o quizás algún tipo de enferma obsesión sin sentido. Una parte de mí le temía, dudaba del impulso, como si se tratara de una decisión que no podría ser deshecha una vez que fuese tomada.
 
La rocé nerviosa con los dedos, como quien quiere y no tocar algo, como quien quiere balancearse peligrosamente en la línea pero no cruzarla. Deslicé mis yemas por el lomo del pequeño felino y un golpe eléctrico hizo que me centrara en sus ojos almendrados. Lo único que sabía en ese momento era que quería mirarlos de más cerca y brindarles la atención que parecían merecer y pedir con urgencia. El impulso hizo que dejara de titubear, lo senté sobre mi palma y poco a poco lo levanté.
 
- ¡Hey! ¿Qué demonios crees que haces?
 
Una voz masculina resonó con autoridad en toda la tienda, de seguro era su dueño, pero no había espacio en mí para temer su reproche o al menos comprobar su identidad.
 
Los párpados del animal se abrieron hasta su máxima capacidad y dejaron salir un resplandor dorado que se disparó directamente hacia mis ojos. El miedo me paralizó. Mi cuerpo reaccionó con violencia luego de la estupefacción y como reflejo dejó caer el objeto desde la altura a la que se encontraba, haciendo un metálico sonido en el momento exacto en el que contactaba con el suelo.
 
- Así que te ha escogido…
 
Sentí que me recorría de abajo a arriba con la mirada a la vez que recogía el gato que había ido a rebotar cerca de sus pies.
 
- Éste es el más exigente de todos, por lo general es el último en elegir a alguien. Esperaba que su elección fuera un poco más…Ya sabes, elegante.
 
La cabeza me daba vueltas. Por un momento creí que todo estaba en mi mente ¿Estaría el chico haciendo alusión al mismo fenómeno que yo acababa de experimentar?
 
Puso la figura en mis manos. Él no parecía ser más que un par de años mayor, la primera impresión que tuve era que su cabello largo y negro tomado en una coleta, junto con la barba incipiente, le daba un aire rudo y misterioso. Probablemente si me hubiera dado vuelta al escuchar su voz hubiera dejado de tocar al felino. Se mordió el labio inferior en lo que parecía ser un intento por no reírse descaradamente en frente mío y exclamó con solemnidad.
 
- Ahora te seguirá a todas partes. Pero supongo que eso no lo sabes.
 
Me era imposible concentrarme en sus palabras, pues en ese mismo instante una sombra se deslizó entre mis piernas, logrando que un escalofrío intenso se deslizara por mi espina y terminara justo en mi cuello. Tenía la vista fija en aquella aparición. Poco a poco fue tomando forma pero me costó bastante tiempo darme cuenta de lo que realmente se trataba. Tenía el tamaño de un animal pequeño y parecía juguetear con mis tobillos, creí que no se traba de ninguna amenaza hasta que me fijé con cuidado. Tenía los pelos del lomo erizados y lo arqueaba a la vez que emitía un sonido extraño ¿De dónde rayos había salido?
 
- Lo has despertado porque él te ha elegido, de todas formas serás tú la que tendrá que hacerse cargo de su nueva existencia y pagar las consecuencias ¿Injusto, no? Pero no todo es tan malo, él te protegerá y te advertirá sobre el peligro. Claro que jamás tomará tus decisiones así que tendrás que pensarlas con cuidado.
 
El animal mostró su rostro y se acurrucó en mis zapatos, el extraño sonido se había vuelto un calmado y profundo ronroneo. No se parecía en nada a la figura a pesar de ser del mismo color y llevar la elegancia de la estatuilla a movimientos continuos pero llenos de gracia y sensualidad. Levanté la mirada para interrogar al muchacho, pero ya era tarde. Me daba la espalda mientras caminaba en dirección al cuartucho que parecía ser la oficina de la tienda. Fue en ese momento en el que me di cuenta de algo que no comprendía cómo había dejado pasar antes. En su hombro un lagarto pequeño de tonalidades verdosas y amarillentas se sujetaba con determinación para no resbalar de su camiseta.
 
- Agradece que puedes marcharte, yo debo esperar a que vengan por los otros.
 
Se perdió tras el marco de la puerta sin siquiera dirigirme una última mirada. Guardé en mi bolsillo la figura. No lograba entender del todo sus palabras hasta que mi vista se topó con la mesa en la que antes descansaba el gato, a su alrededor habían al menos cinco figuras más, cada una con la misma estructura de metal y todos con los ojos completamente cerrados. Cada pieza era un animal diferente, cada uno a escala perfecta, y no pude evitar preguntarme qué ocurriría una vez que todos hubiesen despertado como el que ahora yacía entre mis piernas.





























domingo, 2 de septiembre de 2012

Estática

A veces me gustaría que las cosas fueran blancas o negras, buenas o malas. Y es que estoy harta de intentar discernir entre tanto matiz de gris, de buscar un extremo entre un mar infinito de intermedios… Lo sé, si todo fuera malo o bueno dolerían más las caídas o jamás bajaríamos de las nubes, los extremos nos enferman y nos vuelven adictos. Pero aún así nuestra naturaleza busca la certeza, la perfección, el absoluto… ¿O soy solo yo? ¿O es que nadie más tiene miedo a mantenerse congelado?
 
Odio estar en un intermedio, odio la sensación tibia cuando me gustaría que me hirviera la piel o se me congelara la sangre.
 
Quiero algo, una señal, cualquier cosa que me confirme que el camino escogido es el correcto, una garantía de que cuando llegue al final no siga envuelta por el gris…
 
¡Muéstrame el camino que debo seguir, dime qué hacer ! Ya no quiero tomar mis decisiones y no por miedo a errar, sino a mantenerme exactamente donde estoy, estática.





sábado, 25 de agosto de 2012

La Caída

Otra vez no podía dormir. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras sus oídos eran bombardeados por la música más deprimente que tenía en su reproductor. A veces me cansaba de mirarla, pero no tenía opción, era el trabajo que me había tocado. Le susurré al oído que todo iba a estar bien a pesar de que no pudiera escucharme, me desesperaba simplemente verla y estar de brazos cruzados mientras podía escuchar la presión con la que se asfixiaba su corazón. Tenía frío, pero ni un kilo de mantas hubiera aliviado lo congelada que sentía su alma. Y aún así le dolía, creía estar muerta, sepultada, pero siempre seguía quedando espacio para el dolor. El que contraía sus músculos y hacía que su cara se deformara de sufrimiento con cada espasmo. ¿Cómo era posible que algo no físico tuviera tantas consecuencias?
Intentaba girarse pensando que su suerte cambiaría en el momento en el que encontrara una posición cómoda, pero parecía no encontrar nada que potenciara sus esperanzas. Se sentía cansada. Yo, por mi parte, sabía que se trataba de un alma muy vieja, de esas que llevan años dando vueltas por la tierra y que pocas veces aprenden sus lecciones, y mientras no aprendiera no lograría aliviar.
Quería terminar con todo de una vez por todas pero no era lo suficientemente fuerte para levantarse y menos aún para lanzarse al vacío. Sé que es la mayor problemática de la gente, pero era la primera persona que veía así sin que realmente hubiese sido golpeada por una tragedia, al menos una de la que estuviera consciente ¿Qué estaba haciendo con su vida? Llevaba años completos intentando ser mejor, buscando el bien para otros y maldiciendo su condición humana por no permitirle alcanzar la perfección. ¡Si tan solo recordara que alguna vez fue algo más de lo que era en ese instante! Tal vez solo lloraría por haberlo arruinado, como había arruinado todo a lo largo de sus muchas oportunidades. Llevaba noches enteras sin dormir, ahogada por los problemas de sus cercanos como si fueran propios. Llevaba siglos encerrada en la cárcel que ella misma había fabricado para su alma, dejando que el único tipo de alimento que recibiera fuera el de la satisfacción de sacrificarse por alguien. Pasaban los años y aún no comprendía que ése no era el objetivo para el que había sido creada. No debí sufrir para que otros no lo hicieran. La idea nunca fue el sacrificio.
Y nadie jamás la entendería, porque probablemente no existiera perfeccionista tan imperfecto, porque posiblemente todos comprendieran que no debían meterse en los problemas del resto. Porque quizás el resto de los mortales conservara un poco de lo que les fue entregado cuando se abrió la caja, egoísmo. Sé que ella no alcanzó la repartición y de seguro Él también lo sabía, pero sumida en aquel asqueroso mundo debería haber aprendido que lo necesitaba para sobrevivir.
Siempre había sido una tonta, ni siquiera había sido capaz de ver que solo ella era la que sufría y que absolutamente nadie salía beneficiado. Pero ¿Es tan fácil salir de un papel cuando lo has jugado por tantos siglos? ¿Es tan fácil librarte de tus ataduras y aprender a ser libre? Si fuese así los animales en cautiverio serían puestos de nuevo en la jungla, si fuese así ella hubiera recuperado sus alas hace varios años.
Solo le quedaba seguir llorando, seguir buscando aquella posición que le causara menos dolor. Irse desprendiendo de a poco de algunas de las muchas ataduras que le traía su complejo de mártir y quizás así pudiera llegar el momento en el que el sangrado interno realmente se detuviera. Aún así, nadie se arriesgaría a intentar asegurarlo, con ella todo era impredecible.
No valía la pena intentar recordarle su antigua naturaleza, ni explicarle el verdadero motivo por el que le dolía la espalda, justo en el lugar en el que se las había arrancado. Me partía el alma seguir viendo como sufría su castigo, pero sufriría aún más si descubría que jamás podría ser algo más. De seguro encontraría el valor de lanzarse al vacío si supiera que todo lo que había perdido jamás lo recuperaría. Debió saber que la amaba, que su irresponsabilidad no solo la azotaría de vuelta, sino que también me condenaría a mí por siempre. Debió saber que no podría dejar de mirarla y de sentirme impotente por no poder ayudarla. Siempre creyó que haría más bien siendo uno de ellos que vigilándolos como nosotros.
Volví a mirarla. Ella, por su parte, seguía mojando su almohada e intentando conciliar el sueño. Pensaba, entre medio de su orgullo y su perfeccionismo, que era momento de buscar ayuda. Lo que realmente me rompió el corazón, ya que por mucho que gritara nadie la socorrería… Las paredes que había construido eran demasiado grandes para que cualquiera las pudiese atravesar, cualquiera que no fuese yo… Yo, él que no podía hacer más que susurrarle palabras de aliento al oído que no podía escuchar. Yo, él que la odiaba profundamente por haber sellado nuestros destinos de aquella forma.






lunes, 13 de agosto de 2012

No es real

 

Deseé con todas mis fuerzas que se terminara de disculpar. No podía soportar que estuviese así frente a mí ni un segundo más, jamás me gustó hacer a los hombres llorar y eso era principalmente lo que me había dado mi mala reputación. Lo miraba de reojo, para no tener que hacer mía su pena, para que no pudiese descubrir lo que pasaba por mi mente en esos momentos, ni mucho menos en mi corazón.

Suspiré, todas las palabras que iba pronunciando parecían acumularse una a una en mi garganta, como si yo me estuviese conteniendo para responder a cada una de ellas. Desafortunadamente aquella veloz fuga de aire no ayudó a alivianar mi carga, porque poco a poco más frases salían de su boca ¿Acaso estaba suplicando? Eso definitivamente no era bueno, si algo me había enseñado mi madre era a no rogarle que se quede al que se quiere ir, sobre todo si le has dado motivos para partir.

Era en momentos como ese cuando mi fe en la humanidad comenzaba a desvanecerse, cuando no sabía si creer la puesta en escena que habían preparado para mí o gritar su falsedad con todo el poder de mis pulmones. Cerré los ojos con fuerza, me ardían y los sentía hinchados. Al parecer mi cuerpo estaba decidido a traicionarme por completo, pero no podía permitir que me expusiera de esa forma, al menos no con él. Me acomodé en el asiento y me mantuve rígida, inescrutable, intentando hacer de mi piel una armadura impenetrable.

-Cállate, sólo cállate.

Mi boca se abrió sin darme cuenta y en unos segundos todas mis defensas se habían desvanecido, mi cara se contrajo para hacer una mueca de dolor mientras que contra mi voluntad la primera lágrima resbalaba por mi mejilla. Quemaba como si fuera ácido y mis ojos dolían por el esfuerzo de evitarlas ¿Cómo no podía entender que simplemente no le quería? No era cuestión de crueldad o malicia, no se trataba de cambiar algo que estaba mal, era un hecho que debía aceptar. No sentía ¿Era realmente tan difícil?

-No digas nada, debes dejar de humillarte. Sabes que no vale la pena.

Y jamás la hubiera valido, debía saber que si me quedaba sólo sería por pena y que no conseguiría más que terminar con las pocas piezas completas que le quedaban. No lo merecía, yo no lo merecía a él. Me limpié las dos lágrimas que habían vencido mis esfuerzos y me incliné para besar su mejilla. Sabía que estaría mejor sin mí y yo… Yo probablemente encontraría a alguien más a quien destruir, a alguien que creería amar solo hasta el momento en que necesitase verlo ir.

Pero él no quería dejarme, tomó mi mano y me apegó a su cuerpo con brusquedad, quedé atrapada en su pecho y aprisionada por sus brazos. Seguía diciéndome cosas al oído y sollozando entre oraciones y yo ya no podía soportarlo ni un segundo más. Tenía que gritarle que todo lo que decía sobre amor era mentira, que era y será imposible amarme, que un sentimiento tan fuerte no puede ser más que una ilusión. No podía tomar en serio sus palabras aún cuando llorara al pronunciarlas, todos saben que el amor no existe y él no tenía derecho a mentirme de esa manera solo porque lo estaba dejando. Lo empujé con todas mis fuerzas y le azoté en la cara con la palma de mi mano, tan fuerte que el estruendo hizo apagar sus sollozos.

-¡Deja de ser tan patético! No hay nada que puedas hacer para cambiar esto ¡Crece de una vez! ¡Dos personas nunca se quieren de la misma manera, no existe el amor, y nadie está destinado a ser feliz!

Eso era todo, no quería dejarlo azotarse con la realidad, pero no podía hacer más que ayudarlo y abrirle los ojos para que dejara de decir tanta estupidez. Una lágrima bajó de mi ojo derecho y llegó a mis labios, la sequé. Entonces corrí fuera de su alcance, corrí hasta que ya no pude más, corrí hasta que estaba a salvo para llorar. Era un cruel, frío y doloroso mundo, pero era momento de que pudiera enfrentarlo tal cual como yo lo estaba haciendo, que dejara de creer que un sentimiento podía cambiar la vida y que comprendiera que jamás dejaría de estar solo.

domingo, 8 de julio de 2012

¿Qué?

 
Siempre me mantengo en el límite balanceándome peligrosamente, maldiciendo mi suerte por sentirme afligida y quejándome por sentirme adormecida. Queriendo sentir algo para no estar entumecida, sabiendo que el único sentimiento que te hace sentir malditamente vivo es la tristeza. Deseándola secretamente, añorándola. Maldiciendo cuando viene en dosis pequeñas incapaces de inspirar, pero lo suficientemente patéticas para demostrarte que eres débil. Entonces, cuando por fin llega, solo quiero alejarla. A nadie le gusta sentirse expuesto, nadie quiere estar desnudo en temperaturas negativas. Sí, viene y es ahí cuando ya no la quiero, quiero despertar pero sin el remezón… Quiero los beneficios de la caída sin pasar por el vértigo.

Después de todo todos somos igual de esclavos a los sentimientos, igual de adictos a las respuestas que causan en nuestro cuerpo, pero que siempre nos azota con la peor de las desintoxicaciones y nos hace necesitar de una dosis mayor o de igual intensidad, de la mismo u otra emoción.

Pero…

¿Qué es lo que nos hace sentir? ¿Qué es lo que hace que ciertas cosas simplemente te superen y te hagan sentir ínfimo bajo una emoción aplastante y sobrecogedora?

¿Qué discrimina un estímulo de otro, dejándote completamente anestesiado a una verdadera tragedia y reduciéndote a escombros cuando se trata de un simple detalle? ¿Qué es lo que no nos permite ser fuertes en los momentos en los que queremos?

¿Qué es aquello que te atrapa, te encierra, te amordaza y te inmoviliza imposibilitándote el escapar del abrazo de una sensación indeseada?

¿Qué es aquello, que siendo tan desagradable, se vuelve igualmente atractivo? ¿Qué es lo que tiene la tristeza de adictivo?

miércoles, 18 de abril de 2012

Conjunto

Eso parecía ser todo. Su respiración había ido disminuyendo su ritmo por horas, hasta que de una sola vez se desvaneció. Mi mano agarró la suya con más fuerza. No estaba dispuesto a dejarla marchar tan fácilmente, pero parecía que ya no existía nada en este mundo que pudiese hacer para retenerla. Llevé sus dedos a mis labios y la cubrí con un cálido beso, sabía que pronto su temperatura disminuiría pero no quería que se enfriara del todo. De haber sido posible me habría recostado la noche completa a su lado, apegando mi cuerpo al suyo, simulando que estaría allí al despertar. 

No podía entender cómo había llegado a ese punto. Llevo meses repitiéndome que cuando por fin sucediera debía ser fuerte. Me lo prometí. Se lo prometí. Es solo que a veces las cosas no son tan fáciles como parecen racionalmente. Ambos sabíamos que no había más remedio que dejarlo pasar, pero nunca creí que me aferraría a la negación como cualquier otro vil individuo de mi especie. Siempre fuimos superiores ¿Recuerdas? En extremo racionales, irónicos y críticos, construimos nuestra propia sociedad, una en la que solo había cabida para ambos porque nadie más estaba a la altura. Ahora, no quiero ser arrastrado fuera de nuestro círculo, me niego a ser envuelto por este dolor estúpido y banal. 

- No puedes haberte ido… No puedes haberme abandonado 

Deslice mis nudillos lentamente por su cabellera y se vino a mi mente la imagen del sol reflejado en ella. La fuerza del viento le daba un movimiento continuo, vital y alegre que encajaba a la perfección con su jovial sonrisa. Tenía la mirada de quien se siente seguro pues sabe que es joven, que aún tiene mucha gente que encantar y muchos lugares que conocer. Teníamos toda la vida por delante, nadie tenía el derecho de arrancármela justo ahora. Justo ahora que los médicos decían que había una posibilidad de que se recuperara, que abriera los ojos y pudiera retornar su mirada de enamorada, que había una posibilidad de hacer planes, de caminar de la mano, de construir nuestra vida juntos. 

Pero nada pasó.¡Maldita sea! Llevo meses sentado en este maldito banco de hospital, esperando pacientemente a su lado, tomando su mano, recitándole los poemas que nos escribimos el uno al otro. Meses sin comer, meses sin dormir. Meses en los que el tiempo dejó de existir en sí y se congeló para dar paso a una tortura eterna y estática, aguda y punzante, dejándome sin ninguna esperanza de que acabara. Meses en los que la desgarrante agonía sacaba de mi garganta lamentos como si fueran lágrimas y en los que se había vuelto insoportable verla llorar de dolor, sufrir y retorcerse sin tener yo poder alguno para aliviarla. 

Ahora por fin mis plegarias fueron escuchadas, terminó. Ya no tengo que venir más a este inmundo lugar, ni sentarme día tras día en este incómodo banco. Ya no tengo que quedarme en vela para contarle historias y esperar que su sueño sea mejor que el mío. No. Ya no. Ahora ya no debo preocuparme más de su sufrimiento porque solo el mío ha quedado en esta dimensión, lo sé, es mejor. Muchas veces le dije que prefería sufrir yo antes que ella, pero siempre me imaginé a su lado, jamás pensé que el sufrimiento vendría acompañado de la soledad. Y es solo que a veces, las cosas no terminan como uno espera y descubres que los finales felices solo tienen cabidaen los cuentos de hadas. En la vida no hay finales ni principios, solo matices en lo que no es más que un continuo. Aún así… Este es el final de nuestra historia, pues ya no existimos más como conjunto.
 

viernes, 9 de marzo de 2012

Solo Vete





¡Basta! Ya no puedo más con esto. ¡Lárgate ya! No seas tonta y aléjate. Sabes que te haré daño otra vez, no importa cuántas veces diga que cambiaré, no podré cumplirlo. Mi lado de luz ha sido consumido y aunque guarde la consciencia de mis actos no poseo libertad de acción, sé lo que es bueno pero no puedo dejar de pecar. Sé que te hiero y no puedo dejar de hacerte llorar.

¡Cámbiame el alma! ¡Trasplanta mi mente! Necesito dejar de ser yo por un momento y ser la persona que tú quieres que sea. Quiero rehacerme y por fin ser mejor, pero ambos sabemos que es imposible, llevamos años en el juego. Años de mares de lágrimas, años de gritos e infidelidades, años de palabras afiladas y punzocortantes. Pues nunca bastaron las heridas, siempre les tuvieron que seguir el aceite y el vinagre.

Ya he intentado marcharme y ambos sabemos cómo he fracasado ¿Pero qué puedo hacer? Es un lazo que no se corta, una maldita adicción nociva que solo te perjudica a ti. Si fuera yo él que sufriera todo sería más fácil, no me importaría quedarme a tu lado por muy doloroso que fuera, pero las cosas no son siempre como uno quiere. Ya no puedo más, ya no puedo soportar oír caer los pedazos de tu agrietado corazón por mi culpa, no puedo ver cómo te arrastras porque ya no tienes fuerzas para levantarte, no puedo ignorar que el herirte me desgarra de igual manera.

¡¿Por qué no me odias?! Así todo sería más fácil…

Necesito que te vayas, que seas tú la que se aleje y comprenda que merece algo mucho mejor, que merece sonreír en vez de llorar, que debe mantener más sueños que desesperanzas. Hazlo por ti, porque yo soy demasiado débil como para alejarme y soy lo suficientemente cobarde como para hacerte sufrir aún más para hacer que te largues de una vez, aunque después quede destrozado sin ti.

¡Vete! Y vete lejos. Si te siento cerca no podré soportar las ganas de correr hacia ti, sin duda no me costaría alcanzarte e intoxicarte otra vez…


Quizás algún día pueda dar el paso que me permita crecer y darte lo que necesitas, ser una persona de bien, ser consecuente con lo que siento, pienso y hago. Entonces podremos estar juntos, entonces iré a tu encuentro… Pero debes mantener los pies en la tierra, amor, es probable que no sea en esta vida ni en la otra.

...Dicen que cuando amas a alguien no le hace sufrir. Dicen que cuando amas a alguien debes dejarlo ir… Lo último es lo que puedo hacer por ti y probablemente sea la única prueba de que lo que siento es real: amor tóxico, asfixiante, infeccioso y rasurador, pero después de todo, amor..

sábado, 21 de enero de 2012

El Final

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Entonces, ¿es esta la sensación del final? Todo había terminado y en su cabeza ni siquiera encontraba una mínima advertencia recibida anterioridad. Hasta ese momento. No, de seguro algo andaba mal, ella no podía estar diciendo aquello, nunca la había visto enojada, ni triste, ni esquiva. ¿Cómo podía ser que de un momento a otro se quisiera ir? Alguna pista le hubiese ayudado a prepararse para lo peor, pero ni a eso había tenido derecho.

Se había quedado callado, inmóvil y sorprendido, su mente era toda una nebulosa de pensamientos y recuerdos, mientras ella solo estaba de pie frente a él. No decía nada, era como si la bomba que acababa de soltar la hubiese dejado sin palabras. Había puesto una mano en el hombro del chico como queriendo aliviarle el dolor, pero lo único que consiguió fue que una quemadura recorriera la piel de Max.

Recuerdos, la peor tortura al momento de tener que asumir que todo ha terminado. Era como si sólo ayer hubiesen caminado felices, abrazados, sonriendo y bromeando sobre lo que les traería la vida. Podía reconstruir con exactitud y detalles aquel día en el que todo empezó.

Era domingo, había apagado el despertador como todas las mañanas pero con un estado de ánimo distinto. Sabía que no era como otros y eso hacía que la emoción quisiera salir de su pecho inhabilitándolo para hablar y dejándole una sonrisa permanente en el rostro. Estaba nervioso, no podía ocultarlo, pero algo le decía que todo saldría bien, habían conversado bastante y era lógico que ambos tenían mucho en común. La música, los estudios, el odio por las mismas cosas y la pasión por otras, era como si el universo hubiera confabulado para que ambos se encontraran en ese bizarro planeta.

Habían quedado de encontrarse en el parque y luego ir al cine, algo bastante común, nada que él no hubiese hecho antes con otra chica, pero ella no era cualquiera. Llevaba días sin poder dejar de pensarla, aferrándose al sonido de su risa como un anciano a los recuerdos de su infancia, durmiendo todas las noches luego de perderse imaginando el grácil movimiento de sus manos al hablar y reconstruyendo los abrazos que le daba como saludo. Estaba obsesionado.

Una camiseta negra y unos jeans limpios, había sido lo único por lo que se había decidido, zapatillas planas y de caña alta, no era muy distinto a lo que usaba todos los días, pero tampoco quería ir muy arreglado. Caminaba a paso lento, era más temprano de lo habitual aunque de seguro ella lo haría esperar, las chicas eran así, creían que por llegar tarde eran importantes cuando lo único que lograban era irritarlo. Metió las manos en los bolsillos y se sentó a esperarla en una banca. Al apoyar la espalda resignado a esperar por horas, notó que había alguien justo delante de él. Sí, era ella. El pulso se le aceleró y las piernas parecieron fallarle, pero aún así fue capaz de encontrar el coraje para acercarse.

Todo, desde el beso en la mejilla hasta el que unió sus labios al final, había sido perfecto, y no solo ese primer día, sino todos los siguientes, la formalización y las celebraciones de los dos aniversarios que llegaron a tener. Perfecto, no encontraba otra palabra en su mente que pudiese describir todo aquello, pero nunca había comprendido tan bien lo quimérica que era aquella palabra hasta ese momento. Nadie entiende lo estúpido de una ilusión hasta verla romperse en pedazos.

Estiró una mano para sacar la de ella de su hombro, no había nada que decir y no dejaría que la situación le hiciera derramar alguna lágrima, su orgullo no se lo permitiría. La nostalgia se quedaría alojada en su garganta como un gran nudo amargo imposible de tragar. La miró a los ojos y no pudo evitar sentir una punzada en su pecho. Su mente quiso correrla, eliminarla de su vida como quien borra un número de teléfono, pero había algo en él que lo impulsaba a abrazarla a rogarle que no se fuera, a atraerla a su pecho como había hecho innumerables veces al verla llorar. Aún quería protegerla y ser él quien la hiciera reír, el único que tomara su mano y la escuchara cantar. Pero ya no sería así, debía vivir con la idea de que alguien más la tocaría, alguien más sería el dueño de aquellos labios que lo habían tenido loco tanto tiempo y no podía resistir siquiera la idea de todo eso.

Respiró profundo, pensar no servía de nada y sentir…Sentir lo tenía paralizado. Puso sus manos en los bolsillos como la primera vez y luego la miró. No, no suplicaría, ella no era más la chica de la que se enamoró, en alguna parte del camino había cambiado y no había vuelta atrás, era el mismo rostro pero no era la misma persona. Algo se había roto y, a pesar del dolor, logró entender que debía dejarla ir.

-Adiós.

Fue lo último que pronunció antes de salir de ese lugar, antes de caminar sin mirar atrás. Antes de comenzar a enterrar todos aquellos recuerdos que de lo contrario, como una herida abierta, comenzarían a pudrirlo por dentro. Esta vez se había acabado para siempre.