Sabía que sería cosa de segundos para que todo se desvaneciera, incluso en la idealización del sueño sabía que la felicidad no podía durar demasiado y me aferré a ella con todas mis fuerzas. Le juré amor eterno mientras apegaba mis labios secos a su oído y mi pecho era capaz de hacerse uno con su espalda. No contestó. Esperé a que alguna palabra saliera de su boca, pero el esbozo de una sonrisa me bastó como una muestra sutil de sus sentimientos. No quería irme, si hubiese sido por mí no hubiera vuelto a abrir los ojos con tal de volver a sentir real el latido de su corazón bajo mi pecho, bajo su pecho, dirigiendo mis pensamientos, marcando el ritmo de mi tiempo.
Sabía que incluso en sueños lo nuestro estaba prohibido, que aunque nuestras almas parecieran estar hechas del mismo material el cruel destino del cuerpo nos mantendría alejados, y el anhelo, que guardaba de poder perderme recorriendo su piel, se volvía más ridículo. A cada segundo, su esencia se desvanecía, poco a poco mis brazos se iban juntando como si siempre hubiese estado sosteniendo aire, nada más que éter y el perverso engaño de mi deseo.
Fue en ese momento en el que mis ojos se abrieron y la luz de luna me cegó por la ventana. La realidad me había golpeado como el suelo al final de una caída de un rascacielos, mi corazón se hizo añicos al enfrentarse a la idea de que nunca había sido mía y que nunca lo sería, de que al menos en esta vida no íbamos a estar juntos. Inhalé, sumergido por el sentimiento y ahogado por la ausencia maldije mi suerte, maldije las limitaciones del cuerpo hacia las virtudes del espíritu y me tapé la cara para volver a regocijarme en un mundo inexistente. Volví a cerrar los ojos para crear aquel lugar al que quería pertenecer, para ver si podía sentir su aroma nuevamente y, ésta vez, no tener que despertar nunca más.

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