Entonces, ¿es esta la sensación del final? Todo había terminado y en su cabeza ni siquiera encontraba una mínima advertencia recibida anterioridad. Hasta ese momento. No, de seguro algo andaba mal, ella no podía estar diciendo aquello, nunca la había visto enojada, ni triste, ni esquiva. ¿Cómo podía ser que de un momento a otro se quisiera ir? Alguna pista le hubiese ayudado a prepararse para lo peor, pero ni a eso había tenido derecho.
Se había quedado callado, inmóvil y sorprendido, su mente era toda una nebulosa de pensamientos y recuerdos, mientras ella solo estaba de pie frente a él. No decía nada, era como si la bomba que acababa de soltar la hubiese dejado sin palabras. Había puesto una mano en el hombro del chico como queriendo aliviarle el dolor, pero lo único que consiguió fue que una quemadura recorriera la piel de Max.
Recuerdos, la peor tortura al momento de tener que asumir que todo ha terminado. Era como si sólo ayer hubiesen caminado felices, abrazados, sonriendo y bromeando sobre lo que les traería la vida. Podía reconstruir con exactitud y detalles aquel día en el que todo empezó.
Era domingo, había apagado el despertador como todas las mañanas pero con un estado de ánimo distinto. Sabía que no era como otros y eso hacía que la emoción quisiera salir de su pecho inhabilitándolo para hablar y dejándole una sonrisa permanente en el rostro. Estaba nervioso, no podía ocultarlo, pero algo le decía que todo saldría bien, habían conversado bastante y era lógico que ambos tenían mucho en común. La música, los estudios, el odio por las mismas cosas y la pasión por otras, era como si el universo hubiera confabulado para que ambos se encontraran en ese bizarro planeta.
Habían quedado de encontrarse en el parque y luego ir al cine, algo bastante común, nada que él no hubiese hecho antes con otra chica, pero ella no era cualquiera. Llevaba días sin poder dejar de pensarla, aferrándose al sonido de su risa como un anciano a los recuerdos de su infancia, durmiendo todas las noches luego de perderse imaginando el grácil movimiento de sus manos al hablar y reconstruyendo los abrazos que le daba como saludo. Estaba obsesionado.
Una camiseta negra y unos jeans limpios, había sido lo único por lo que se había decidido, zapatillas planas y de caña alta, no era muy distinto a lo que usaba todos los días, pero tampoco quería ir muy arreglado. Caminaba a paso lento, era más temprano de lo habitual aunque de seguro ella lo haría esperar, las chicas eran así, creían que por llegar tarde eran importantes cuando lo único que lograban era irritarlo. Metió las manos en los bolsillos y se sentó a esperarla en una banca. Al apoyar la espalda resignado a esperar por horas, notó que había alguien justo delante de él. Sí, era ella. El pulso se le aceleró y las piernas parecieron fallarle, pero aún así fue capaz de encontrar el coraje para acercarse.
Todo, desde el beso en la mejilla hasta el que unió sus labios al final, había sido perfecto, y no solo ese primer día, sino todos los siguientes, la formalización y las celebraciones de los dos aniversarios que llegaron a tener. Perfecto, no encontraba otra palabra en su mente que pudiese describir todo aquello, pero nunca había comprendido tan bien lo quimérica que era aquella palabra hasta ese momento. Nadie entiende lo estúpido de una ilusión hasta verla romperse en pedazos.
Estiró una mano para sacar la de ella de su hombro, no había nada que decir y no dejaría que la situación le hiciera derramar alguna lágrima, su orgullo no se lo permitiría. La nostalgia se quedaría alojada en su garganta como un gran nudo amargo imposible de tragar. La miró a los ojos y no pudo evitar sentir una punzada en su pecho. Su mente quiso correrla, eliminarla de su vida como quien borra un número de teléfono, pero había algo en él que lo impulsaba a abrazarla a rogarle que no se fuera, a atraerla a su pecho como había hecho innumerables veces al verla llorar. Aún quería protegerla y ser él quien la hiciera reír, el único que tomara su mano y la escuchara cantar. Pero ya no sería así, debía vivir con la idea de que alguien más la tocaría, alguien más sería el dueño de aquellos labios que lo habían tenido loco tanto tiempo y no podía resistir siquiera la idea de todo eso.
Respiró profundo, pensar no servía de nada y sentir…Sentir lo tenía paralizado. Puso sus manos en los bolsillos como la primera vez y luego la miró. No, no suplicaría, ella no era más la chica de la que se enamoró, en alguna parte del camino había cambiado y no había vuelta atrás, era el mismo rostro pero no era la misma persona. Algo se había roto y, a pesar del dolor, logró entender que debía dejarla ir.
-Adiós.
Fue lo último que pronunció antes de salir de ese lugar, antes de caminar sin mirar atrás. Antes de comenzar a enterrar todos aquellos recuerdos que de lo contrario, como una herida abierta, comenzarían a pudrirlo por dentro. Esta vez se había acabado para siempre.
Debe ser muy difícil dejar una relación que duró tanto tiempo, si ya una corta hace sufrir... Pobre Max, me dio pena ponerme en su lugar y se alojó en mi pecho el dolor de perder a alguien que se quiere. Hay que ser demasiado fuerte para poder decir el "adiós".
ResponderEliminarPero creí que ya la habías leído. Bueno, supongo que lo fue de alguna manera, después de todo lo más fácil es suplicar... Y no es porque sea más sencillo, sino porque es un impulso tremendamente fuerte que te envía el corazón, el dejar el orgullo de lado por recuperar algo que amas.
ResponderEliminarSolo que a veces realmente no vale la pena y se necesita altura de mira para comprenderlo.