lunes, 13 de agosto de 2012

No es real

 

Deseé con todas mis fuerzas que se terminara de disculpar. No podía soportar que estuviese así frente a mí ni un segundo más, jamás me gustó hacer a los hombres llorar y eso era principalmente lo que me había dado mi mala reputación. Lo miraba de reojo, para no tener que hacer mía su pena, para que no pudiese descubrir lo que pasaba por mi mente en esos momentos, ni mucho menos en mi corazón.

Suspiré, todas las palabras que iba pronunciando parecían acumularse una a una en mi garganta, como si yo me estuviese conteniendo para responder a cada una de ellas. Desafortunadamente aquella veloz fuga de aire no ayudó a alivianar mi carga, porque poco a poco más frases salían de su boca ¿Acaso estaba suplicando? Eso definitivamente no era bueno, si algo me había enseñado mi madre era a no rogarle que se quede al que se quiere ir, sobre todo si le has dado motivos para partir.

Era en momentos como ese cuando mi fe en la humanidad comenzaba a desvanecerse, cuando no sabía si creer la puesta en escena que habían preparado para mí o gritar su falsedad con todo el poder de mis pulmones. Cerré los ojos con fuerza, me ardían y los sentía hinchados. Al parecer mi cuerpo estaba decidido a traicionarme por completo, pero no podía permitir que me expusiera de esa forma, al menos no con él. Me acomodé en el asiento y me mantuve rígida, inescrutable, intentando hacer de mi piel una armadura impenetrable.

-Cállate, sólo cállate.

Mi boca se abrió sin darme cuenta y en unos segundos todas mis defensas se habían desvanecido, mi cara se contrajo para hacer una mueca de dolor mientras que contra mi voluntad la primera lágrima resbalaba por mi mejilla. Quemaba como si fuera ácido y mis ojos dolían por el esfuerzo de evitarlas ¿Cómo no podía entender que simplemente no le quería? No era cuestión de crueldad o malicia, no se trataba de cambiar algo que estaba mal, era un hecho que debía aceptar. No sentía ¿Era realmente tan difícil?

-No digas nada, debes dejar de humillarte. Sabes que no vale la pena.

Y jamás la hubiera valido, debía saber que si me quedaba sólo sería por pena y que no conseguiría más que terminar con las pocas piezas completas que le quedaban. No lo merecía, yo no lo merecía a él. Me limpié las dos lágrimas que habían vencido mis esfuerzos y me incliné para besar su mejilla. Sabía que estaría mejor sin mí y yo… Yo probablemente encontraría a alguien más a quien destruir, a alguien que creería amar solo hasta el momento en que necesitase verlo ir.

Pero él no quería dejarme, tomó mi mano y me apegó a su cuerpo con brusquedad, quedé atrapada en su pecho y aprisionada por sus brazos. Seguía diciéndome cosas al oído y sollozando entre oraciones y yo ya no podía soportarlo ni un segundo más. Tenía que gritarle que todo lo que decía sobre amor era mentira, que era y será imposible amarme, que un sentimiento tan fuerte no puede ser más que una ilusión. No podía tomar en serio sus palabras aún cuando llorara al pronunciarlas, todos saben que el amor no existe y él no tenía derecho a mentirme de esa manera solo porque lo estaba dejando. Lo empujé con todas mis fuerzas y le azoté en la cara con la palma de mi mano, tan fuerte que el estruendo hizo apagar sus sollozos.

-¡Deja de ser tan patético! No hay nada que puedas hacer para cambiar esto ¡Crece de una vez! ¡Dos personas nunca se quieren de la misma manera, no existe el amor, y nadie está destinado a ser feliz!

Eso era todo, no quería dejarlo azotarse con la realidad, pero no podía hacer más que ayudarlo y abrirle los ojos para que dejara de decir tanta estupidez. Una lágrima bajó de mi ojo derecho y llegó a mis labios, la sequé. Entonces corrí fuera de su alcance, corrí hasta que ya no pude más, corrí hasta que estaba a salvo para llorar. Era un cruel, frío y doloroso mundo, pero era momento de que pudiera enfrentarlo tal cual como yo lo estaba haciendo, que dejara de creer que un sentimiento podía cambiar la vida y que comprendiera que jamás dejaría de estar solo.

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