No puedo recordar cuándo fue la última vez que me dijiste que viera la luna. La última vez que salí al balcón ignorando el frío de la noche para contemplarla. La última que nos lamentamos el no tener forma de inmortalizarla.
Y, como aquella noche de luna llena, no pudimos evitar que el momento se desvaneciera. Que el amor menguara para no volver a ser visible en nuestras ventanas, impidiéndome volver a mirar la noche con aquella expectante e ingenua fascinación. Llevándose consigo algo más que aquel hermoso resplandor.
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